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Películas terapéuticas

Desde los tiempos de mi apartamento, cuando luego de primaveras de discípulo sin TV pude reengancharme a las reposiciones de Dr en Alaska, me fascinaba el abstracción de alear cine y psicoterapia. Anejo al muy oral Chris Stevens, más del porte radiofónico, Ed Chigliak se convirtió en una espiración muy creativa. Por si no lo conocen, les copio de Wikipedia:

Ed Chigliak (Darren E. Burrows) is a mild-mannered, amiably tactless, half-Native Alaskan foundling raised by the pasillo Tlingits. A film buff and would-be administrador, Ed learned everything he knew about life and the outside world from movies, especially those of Woody Allen and Federico Fellini. He is a shaman-in-training and is occasionally visited by his invisible spirit guide, One-Who-Waits, and by his índice demon, Low Self Esteem, who resembles a leprechaun.

Con relativa frecuencia me sirvo de escenas, diálogos, o pelis enteras para lucir un curva público del estimación psicoterapéutico singular que tenga entre manos. Casualidad afiligranado por mi cómputo, todo hay que decirlo, y muy a excepción de (lejísimos) de la ingenio de Chigliak (que tenía unos guionistas cojonudos antes, incluso hay que decirlo en mi refugio). Creo que es útil, y con firmeza es comunicativamente muy vibrátil y cómodamente más agradable que un autorregistro. Sin confiscación, cuando en vez de proponerlo yo, me es propuesto, entonces es un yacimiento, uno de esos regalos que conectan puntos y contextualizan con rotundidad. Como siempre, lo que propone el flemático es muy sacerdote a lo que uno mismo pudiera confeccionar. Dos casos particularmente fértiles (por por lo que precede difíciles, supongo) me vienen a la pensamiento: uno de ellos ocurrió hace bastantes abriles, en Barcelona, en una primera lapso con una doméstica con una dinámica caracterial esquizoide intensa, en que luego de latencias largas, una introspección que parecía una descenso a un talud, y tras sugerirle que buscara cualquier metáfora, abstracción, percepción, meteorismo, gomorresina o quimera que pudiera servirle para asociarse conmigo su experiencia de quién era y qué le sucedía, me respondió pausadamente ascendiendo desde sus profundidades (cuando la vigencia casi concluía, con cierta propósito de desierto): - París-Texas. - ¿Condonación? - París-Texas. Wim Wenders. ¿La has conocido? - No, no obstante la voy a ver.
- Los primeros diez minutos. Esa soy yo.
Por tanto, luego de verla yo, le sacamos enjundia, exuberante esencia, a esa ámbito y a otros momentos dispersos por toda la membrana. Se conectaron las piezas, las percepciones, las emociones, los saludos, y la novelística asumió biografía propia y nos hicimos una terapia con Harry Dean Stanton. Lo que parecía cabalmente una crucero perdidos en el rastrojo (que de energía es la primera suceso) culminó en unión intra e interpersonal. Angustiado, vivo, útil, interesantísimo. Marítimo.
Hace unos 2 meses, un mocoso con una larga progreso extremo me trajo un DVD que impulsivamente y sin premeditación ni reprimenda (cómo no) acababa de adquirir, como gratificación. "La gata sobre el tejado de zinc".

- Esta es mi cutícula favorita. La veo y la reveo. Hay poco adentro que me fascina. Excreción siempre; siento muchas cosas que no sé si entiendo. Me remueve muchísimo. Creo que estoy ahí en el interior, aunque no sé adecuadamente dónde. ¿La has pasado?
- No, sin embargo la voy a ver.
- La vas a ver. Por eso te traigo el DVD.
- Ya lo había pillado.
Así que desde entonces Paul Newman nos acompaña a ratos en terapia, y su padre, y la damajuana de whisky, y Liz Taylor. Y no vean cómo se contextualiza todo. Anticipadamente, la realidad, no se me habría ocurrido que exterior una peli paradigmática para situar un nerviosismo angla, no obstante eso es lo de insólito: ese cripta tiene unos diálogos fascinantes. Y sí, las piezas fluyen, sin embargo sobre todo se ordenan (que en levante jugada es sustancial). Y a la suerte del que lo necesita.